—¿Pero antes también tenías los ojos negros?
Sonrisa. Afilada.
—Soy exactamente lo que te he dicho que soy: Kern. No hay más aquí debajo que mi nombre, preciosa.
Innerst estaba muy cerca. Nuestros brazos apenas separados por un centímetro de distancia. Había subido los pies a la barandilla, y la cascada de cabello le rodeaba el pálido vestido como un manto protector. No parecía rabiosa, no parecía altiva, no parecía más que una niña de dieciséis años que soñaba con sentir el viento mientras contempla la ciudad. Pero allí todo estaba inmóvil, incluso el silencio.
—Pero imagínatelo. Algo más allá que el negro. ¿Cuántos colores habrá? ¿Cuántos? ¡Correr! Imagina que corres. Que corres y que eres libre. No tienes que volver al hormigón, al hierro y al cristal. No tienes que volver a las brillantes luces, no tienes que fingir que todo lo que hay a tu alrededor no te oprime. Imagínate llorar y que sepa a sal. Imagínatelo.
Dejé caer la cabeza entre las manos, enredando el cabello oscuro entre los dedos, pensativo. ¿Imaginar? Hacía mucho tiempo que ningún habitante del Muro imaginaba.
—Estamos entre estas paredes por una razón, Innerst. Porque lo que haya ahí fuera, sea lo que sea, es lo suficientemente peligroso como para suponer la extinción de nuestra especie.
—¡Los humanos! ¡Lo que hay ahí fuera son los humanos! Nosotros también fuimos humanos una vez, ¿por qué nos tuvimos que esconder aquí?
—Porque moríamos. Porque la tierra es peligrosa, y lo que queda ahí fuera son cuatro locos haciendo mucho ruido. Probablemente, incluso estén al borde del abismo.
Su rostro descendió de las alturas a una velocidad de vértigo y se detuvo a una distancia mínima de mi nariz. Sentí su respiración sobre la boca, sus ojos claros como un estallido, ardiendo.
—¿Estás seguro de que el abismo está ahí fuera, Miedo? Un abismo es una grieta que parte la tierra, y, ¿qué somos nosotros? Un muro que parte la tierra. ¿Dónde está el abismo entonces?
Volvió a poner distancia entre ambos. Y maldita sea, preciosa, qué habías hecho con mi corazón. Hacía años que se me había olvidado que tenía, pero ahí estaba. Furioso. Rabioso.
Muy, muy lejos se podía percibir el suave ronroneo de los motores. Un suave hilo que se extinguía en la profundidad oscura del techo y que conectaba con las chimeneas de las fábricas, en el sector industrial de la ciudad.
—Son las tres de la mañana— comentó—, y deberíamos volver dentro. Empieza a hacer calor. ¿Sabes lo que decían los humanos cuando hacía calor estático? Que se avecina tormenta. ¿Qué crees tú, Kern? Kern sinnadadebajo, ¿se acerca tormenta?
—Si estás en medio, muñeca, va a llenarse el cielo de truenos y rayos.
Se le colorearon las orejas otra vez. Arrugó el ceño y me dirigió una de esas miradas que matan. Pero descendió de la barandilla y entró otra vez en la casa.
Innerst guardó silencio por segunda vez en la noche. Ni siquiera cuando se trataba de palabras daba su brazo a torcer. Ella siempre iba un paso por delante de todos. Pero aquella vez se calló por segunda vez lo que pensaba. ¿Entiendes lo que quiero decir? Porque yo sé que pensó que los truenos no estaban en el cielo. Que los tenía dentro del pecho el hombre que caminaba a su espalda.
—Muchas veces no te soporto— confesó, atravesando el oscuro pasillo—. Todas las cosas que dices me sacan de quicio— me reí a su espalda, lo que la envaró un poco más—. Eres tan estúpido, Kern. Siempre tendiéndole puentes al diablo para que venga a desintegrarte.
—¿Qué gracia tendría vivir si no, preciosa? Hasta tú has vendido tu alma.
¿Y cuándo dices que subirás otra entrada? Deberías subir cositas así más a menudo, porque me gusta. Me gusta mucho.
ResponderEliminarMírate.
ResponderEliminarMe gustan los sin corazón y el momento en que descubren que todavía tienen. Es jodido.