Espiga no contestó inmediatamente. Ya sabía la respuesta de antemano porque había estado cavilándola durante esos treinta minutos. La saboreó. Y supo que iba a enfadarle.
Pero, extrañamente, esa vez no la atemorizó. No del todo, al menos.
—No quiero irme sin ti.
—Por qué.
—Porque yo todavía no he dejado de creer— torció la cabeza, enigmática, y ese gesto terminó por desbaratar toda la paciencia que Kern había conseguido forjar durante esos meses de cautiverio. A base de alcohol, sexo y desesperación.
—Eres una estúpida cría— estalló—. ¿No eres capaz de comprender que no quiero remendar ni uno solo de mis rotos? ¿No entiendes que no voy a luchar más en esta guerra? Quiero. Morir. Pero nunca he sido tan valiente como para suicidarme.
—Vivir no es de cobardes, soldado.
—Vivir es la mayor cobardía que nos han hecho creer. ¿Qué clase de vida es la de los habitantes del Muro? Nacen, se crían y mueren en la oscuridad. En la suciedad, el frío. Privados de lo que realmente significa vivir. ¿Y los humanos? Eternamente entregados a sus guerras, a su humanidad putrefacta, sus enfermedades y sus grandes causas que todos conocen y que todos ignoran. ¿Hambre? ¿Pobreza? ¿Escasez de recursos? ¿Contaminación? ¿Dictaduras?— La carcajada afilada se clavó en el ánimo de Espiga. Un poco—. ¿Y esa, qué clase de vida es? Al final todos somos cobardes por respirar en un mundo que necesita grandes cambios. Tener la capacidad de hacerlo y no hacerlo, esa es la clave.
Espiga intentó que no le flaquease la voz.
—Eso es precisamente lo que tú estás negando. Te estás negando a cambiar las cosas aunque puedes hacerlo.
—La diferencia, mocosa, es que yo ya lo intenté, y fracasé.
Pausa. Un segundo, otro, como eternidades entre ambos que podían ver pasar. No se apartaron la mirada, porque hacerlo implicaría que uno de los dos acababa de rendirse. Y Espiga había llegado demasiado lejos como para retroceder.
—Yo todavía no he dejado de creer. Ni siquiera en tus derrotas.
Y esa fue el instante en que Kern tuvo la certeza de que por primera vez en muchos meses, alguien acababa de atravesarle las costillas desfiguradas y acababa de llegarle a los jirones de corazón, con la pretensión de que podría arreglarlo, o, en su defecto, destrozarlo del todo.
Y no supo si le gustó o no.
Sólo supo que aquella niña rubia, que era la persona más inútil con la que quedarse atrapado, la más inocente, crédula y estúpida, había afirmado que iba a salvarle.
Y podía ser verdad.
Me alegra muchomucho que hayas empezado a subir cositas en este blog, de verdad de la buena. ¡Y yo quiero que siga siendo así! Que me encanta leerte, comprobado ^^ Me transmites un montón de fuerza con tus palabras, sin necesidad de que haya mucha cantidad de texto. Con una simple escena. Y eso me encanta.
ResponderEliminar¡Un beso!
Esa nada de niña que seguro que es más que eso. Me gusta porque ya lo veo cayendo de rodillas. Y me gusta porque ya me lo he imaginado en mi cama.
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