Atlas tenía colgado el cigarrillo de la boca como si desease que
fuera la redención, o cianuro. El vicio en sí mismo no era suficiente ni para
acallarle los bombardeos en la cabeza. Había allí dentro cuatro ejércitos
disputándose un mismo territorio, y la presión sobre las sienes le desmenuzaba
la paciencia. Así que ése era el día en el que Atlas decidía que nunca era
suficiente todo lo que pudiera fumarse, y que todo lo que pudiera fumarse nunca
era realmente lo que quería inhalar.
Mientras el humo se le escapaba de las fosas nasales, miraba al
vacío que tenía bajo los pies, y el vacío que le sostenía los pies lo miraba
directamente a él. A veces Atlas pensaba en Nietzsche, y en los monstruos que
no podían habitar donde no había nada. Porque el vacío era eso, vacío. Por
tanto, él tampoco podría tener nunca esos demonios que se empeñaban todos en
señalarle una y otra vez.
Cuando se le consumió el cigarrillo en los labios entreabiertos y
continuó con las pupilas en el enorme abismo que arañaba el muro sobre el que
se sentaba, decidió que era hora de regresar a casa.
Se incorporó y el viento, durante un efímero segundo, pareció que
quería arrojarlo a la nada. Y luego recordó que allí dentro no había viento, y
que todo eran sensaciones suyas. De manera que caminó en los tres metros de
anchura que tenía el muro de regreso, con la ciudad a la izquierda y la total
ausencia de todo a la derecha.
Caminó, en realidad, incómodo. Se había dejado el paquete de
cigarros en casa, pero se había traído dos mecheros. Como si el hecho de que
hubiera dos mecheros en lugar de uno hiciera aparecer la suficiente nicotina
para aplacar el ansia de Atlas. Porque
Atlas tenía hambre. Atlas siempre tenía hambre, y eso era algo que todos
sabían.
Caminó con el peso del cielo sobre los hombros, izado sobre el
altísimo muro como si él mismo fuera bandera, y con el mundo y el vacío a los
pies. Caminó entre lo que hubiera podido definir como el cielo y el infierno.
Caminó partiendo el universo. Caminó en el limbo, en ninguna parte.
Caminó, porque era todo lo que Atlas sabía hacer.
Comprendió al cabo de una hora que la incomodidad que sentía no
había estado sólo en los cigarrillos que no se había traído consigo. Estaba
también en ese lunar que tenía en el cuello y que hacía dos semanas que no era
besado. Estaba en sus manos, que hacía dos semanas que no eran arañadas, y
estaba en su propia integridad psicológica, que hacía dos semanas que no era
golpeada por nada más que por sí mismo. Se miró los botines negros mientras
caminaba y comprendió que hacía dos semanas que tenía hambre. Y que ni todo el
tabaco del mundo era capaz de paliárselo, ni tampoco todo el cianuro que
pudiera tragarse antes de morir.
Sólo que, uy. Atlas no podía morir.
No sabes lo que me gusta la primera frase. Lo demás ya empieza a mezclarse con curiosidad y grrrr.
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