—Quiero que le sirvas un perforador de estómagos a ese cabrón que está ahí plantado— me señaló con un dedo acusador—. Y espero que el agujero que se le quede le recuerde toda la vida con quién se ha tropezado. Porque yo, idiota— se giró en el taburete. Tenía el foco de luz justo a la espalda, y abrazaba toda su figura en azul sobrenatural—, me llamo Innerst Dulligan. Y soy la guerra entre las paredes del Muro.
Me pudo estallar el alcohol dentro de mil quinientas maneras, pero no iba a doblar las rodillas ante ella. No tan pronto.
—Vamos, muñeca. ¿Me vas a dejar beber solo?
Ella se sonrojó entera, de furia. Las orejas le asomaban entre la cortina de pelo negro, y parecían sangre sobre carbón. Las pecas bajo sus grandes ojos de búho incluso tenían un aspecto terrorífico. Parecía un demonio, una muñeca diabólica. Una niña de porcelana jugando a ser soldado.
—Masticaré cianuro si con eso consigo que se te caigan las palabras de la boca— siseó, envenenada.
—Si masticas cianuro no creo que llegues a ver cómo me quedo sin palabras.
Y eso debió enfurecerla todavía más, porque Kern estaba metiendo no sólo un dedo en la llaga, sino las dos manos. Y me lo estaba pasando bien. Demasiado bien.
Ella, es decir, Ella, se subió a la barra. Iba descalza. Y tenía los pies negros por haber estado pisando carbón todo el día. Bajo la cazadora de hombre y demasiado pesada para sus frágiles hombros llevaba un vestido blanco sujeto al pecho, que le bailaba entre los muslos. Y se aprovechó de ese detalle para colocarme uno de sus diminutos pies sucios sobre el pecho y estallar en ira.
Nos empujó, al taburete y a mí, al suelo. Porque Innerst ganaba, Innerst siempre ganaba todas sus batallas. Y el que se interpusiera en su camino o se atreviera a desafiarla pagaría las consecuencias de todas las maneras retorcidas e ingeniosas que se le ocurrieran a su inteligencia maquiavélica.
—¿Qué pasa, muñeca? — se burló—. ¿Tu taburete tiene una pata coja? Pobrecita— se acuclilló en la barra. Y por encima de todas las cosas, Innerst no sabía ser femenina.
Llevaba unas bragas azules, azul eléctrico. No supe dónde mirar. Si aquella tela tan pequeña y de un color tan chillón, si sus ojos de rabia o cualquier otro punto del bar, con todas las miradas atentas al hombre que estaba en el suelo bajo la inmensa sombra de Innerst Dulligan. El hombre estúpido y nuevo en el sitio que había osado desafiarla. En su territorio.
Y… bueno.
Huelga decir que sí, le miré las bragas finalmente. Era imposible no hacerlo. Se las había puesto como un cartel de neón, como si hubiera pasado semanas preparando aquel momento, milésima a milésima.
—Estúpida niña— bufé, incorporándome. Porque si algo no debía hacerse nunca, nunca, era atentar contra el orgullo de Kern. Y ella lo había hecho. Tres veces—. Sólo eres una pequeña tirana escondida en un vestido con pintalabios de puta.
Y ahí va. Mi tercer fallo.
El rostro suave y casi dulce de Innerst se vio devorado por una rápida combustión de ira que tan veloz como se manifestó, desapareció. El color rojo se esfumó de su piel y entonces, con el foco de luz azul a la espalda, acuclillada en la barra y despidiendo un brillo de intensidad cegadora, sonrió. Sonrió con una sonrisa que, de no haber estado tan herido en mi virilidad habría encontrado sobrecogedora. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Innerst podía sonreír como los malditos ángeles. Pero era un ángel podrido, tóxico.
—¿Cómo te llamas?
—Kern.
—Muy bien, Kern. Huye— Pausa—. Voy a devorarte.
Y no había mentira en sus ojos. No había nada más que una crueldad y una rabia insoldables, más allá de cualquier comprensión. Se quedó esperando, inmóvil. Nadie se atrevía a respirar, la música hacía tiempo que se había terminado.
Y me levanté. Porque era verdad, porque ella lo decía en serio.
Y porque yo tenía una insaciable curiosidad por ver cómo planeaba hacerlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
(Ríete fuerte. Con vísceras.)