—Sabes, rubia, esto es lo
más parecido a la libertad que puedo ofrecerte.
—Cuándo vas a entender que
no puedes mentir, Sam. No porque no le eches huevos, es porque hay cosas en ti
que no pueden mentir.
Pifió.
—Nos habrías ahorrado
semanas de tortura si me hubieras saludado con un eh, hola, me llamo Dachau y soy una romántica de mierda.
Ella se carcajeó con la voz
cascada.
—¿No te gusté?
Sam no contestó. No podía
contestar a eso
porque
no podía mentir.
Pero cómo le hubiera
gustado decirte que no, rubia, no me
gustaste nada.
Sam y Dachau están destinados a no ser nada más que cincuenta páginas,
dejadme prometérmelo.
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(Ríete fuerte. Con vísceras.)