“Vota por la verdad. Vota por el candidato en el que creas”.
—Sam— nada más. Sam, nada más. Sam se volvió. ¿Por qué nada más, rubia? —. ¿En qué crees tú?
Le pareció casi irónico que ella le estuviera haciendo aquella pregunta. Pero tenía el panfleto entre los dedos y parecía absorta contemplándolo. Era un panfleto de las elecciones del mes pasado y estaba arrugado doscientas mil veces. Seguramente se lo había guardado en el bolsillo del vaquero y ya no había recordado sacarlo de allí. Le parecía curioso el comportamiento humano pero le parecía todavía más curioso el de la joven. Ella siempre andaba apuntándolo todo donde le cupiera. Siempre guardándolo todo y al final parecía que no tenía tanta casa ni tanta vida para tantas letras, pero seguía haciéndolo.
¿La entrada de la guarida?
Eso también lo había escrito Dachau, con once años.
Decía así:
Prohibido el paso al que no crea.
¿Creer en qué?
Ahora la dirección de su religión había tomado un cariz distinto. Ya no se basaba en las cosas no plausibles, si no que el dios de su culto era de carne y hueso y medía un metro sesenta y cinco y llevaba deportivas rotas. ¿Tacones? No se habían hecho los tacones para ella. Aquellas deportivas no tenían ningún encanto femenino, pero tampoco lo tenía la manera en la que llevaba los pantalones desgarrados ni las camisetas de deporte ni las chaquetas con capucha. El cuerpo de Dachau no tenía ningún encanto ni ningún precipicio. Era ella. Sólo ella, así, de dentro a fuera y de fuera a dentro. Pero estaba en el altar de Sam. Tan rubia como el primer día, tan pálida como el primer día. Tan humana como el primer día.
—Después de una vida entera de silencio no esperas que lo que hay arriba baje a hablarte. No debería ser así. El orden no debe ser así. Hablas, nadie te escucha, sigues adelante. Gritas, nadie lo oye, sigues adelante. Y ya está. Es sólo otra manera más de hacer frente a los pensamientos.
—¿Gritaste?
Dachau levanta la vista.
Qué, maldito Engranajes, qué quieres sangrarme esta vez.
—¿Gritaste mi nombre?
Ella no sonrió. No tenía un arsenal de sonrisas que ofrecerle aquella vez y estaba buscando las palabras adecuadas para contestarle y mentirle.
—No grité tu nombre.
Bien, no había sido mentira. Sam asintió.
No había amanecer allí. Y aunque lo hubiera ellos jamás lo podrían haber visto entre tanto hierro. Sabían que iba a amanecer de un momento a otro- en un uso horario razonable- porque el marrón de la atmósfera se tintaba de un tono más claro. Sólo un tono más claro y a eso lo podrían haber llamado amanecer. Aunque tampoco se distinguía mucho allí en el balcón del apartamento porque eso sólo era un resquicio por el que contemplar la superficie suspendida sobre sus cabezas. Dachau lo había encontrado a él antes de que él pudiera encontrarla a ella. Sam no se había movido del apartamento. No se había movido de la base. Iba y venía como haría cualquier otro día porque aunque la desesperación lo estuviera consumiendo ella vendría. Sí, eso se había dicho hora tras hora porque eso, rubia, era lo que Sam creía.
Que volverías. Te fueras a donde te fueras.
El techo se tintó un tono más claro. Ya era de día.
—¿Quieres un café?
Dachau asintió. Arrugó el panfleto de la campaña electoral en las manos hasta que se quedó reducido a poco más que la yema de su dedo. Todos sabían que no importaba a qué candidato votasen, porque al final era siempre el mismo gobierno. Con las mismas tretas, con la misma dictadura. El mismo perro con un distinto collar y la misma historia con distintas palabras.
Sam volvió con el café agrio que le templó las manos y el cuerpo. La vajilla de Sam era una única taza que fregaba todos los días al menos tres veces porque parecía que había caído en una de tantas adicciones humanas. Así que aunque era Dachau la que sostenía la taza, los dos bebían de ella. Era blanca, sin dibujos. Blanca sin dibujos y blanca sin nada. Bebieron el café. Él anunció que se ducharía, Dachau le dijo que ella fregaría la taza. Así lo hizo. Y cuando la secó era demasiado blanca, era demasiado bonita. Y ella tenía un rotulador en el bolsillo de la chaqueta, siempre llevaba un rotulador en el bolsillo. Con su letra apretujada escribió en el borde inferior:
No grité tu nombre una vez. Lo grité muchas veces.
Después dejó la taza en el armario y antes de que Sam saliera de la ducha recogió el bolso y se fue.
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(Ríete fuerte. Con vísceras.)